Durante la celebración de la misa, el sacerdote puede, en ciertos momentos, echar agua como acto ritual de purificación y bendición. Esta agua se llama agua bendita, es decir, agua que ha sido bendecida por un sacerdote u obispo para su uso en ritos y ceremonias religiosas.
El sacerdote puede rociar agua bendita al comienzo de la misa, al entrar en la iglesia, como recordatorio de nuestro bautismo y como símbolo de purificación del pecado. El sacerdote también puede rociar agua bendita sobre la congregación durante el acto penitencial como signo de arrepentimiento y petición de la misericordia de Dios.

Otro momento habitual para que el sacerdote rocíe agua bendita es durante el asperges, un acto ritual que tiene lugar antes de la misa los domingos y en otras ocasiones especiales. Durante el asperges, el sacerdote o un monaguillo lleva un recipiente con agua bendita y la rocía sobre la congregación mientras se canta la antífona «Asperges me» («Me rociarás»).
¿Por qué el sacerdote mezcla agua y vino?
Durante la celebración de la Eucaristía, el sacerdote vierte una pequeña cantidad de agua en el vino antes de la consagración. Este acto ritual de mezclar agua y vino se conoce como «rito de la fracción» y tiene un significado tanto simbólico como práctico.
La mezcla de agua y vino durante el rito de la fracción simboliza la unidad de la humanidad y la divinidad de Cristo. El vino representa la naturaleza divina de Cristo, mientras que el agua representa su naturaleza humana. Al mezclar ambas, el sacerdote reconoce y celebra la unión de estas dos naturalezas en Cristo.
En la práctica, añadir agua al vino facilita distribuir el vino consagrado a la congregación, especialmente cuando muchas personas comulgan.
La mezcla de agua y vino también tiene raíces históricas y bíblicas. En la Iglesia primitiva, el vino solía mezclarse con agua antes de servirse para evitar la embriaguez y purificar el vino. Además, en el Antiguo Testamento el agua se mezclaba a menudo con el vino como símbolo de alegría y abundancia.